Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Ayer nevó toda la mañana. Al abrir la ventana a primera hora se percibía el silencio profundo que expanden los copos al caer blandamente, flotando casi, abandonándose sobre la tierra.

La tarde surgió como una purísima tarde de luz reflejada en la blancura. En el paseo del río, al llegar a la chopera, el sol había derretido la nieve de los árboles y la catedral-bosque aparecía transformada. Las gotas de agua, que conservaban la apariencia cristalina del hielo, resbalaban por los troncos haciendo brillar los líquenes que los cubren casi completamente, por encima de ellos las esbeltas copas se dirigían hacia la luz. Era una catedral viviente de brillantes columnas verdes y cúpulas que al sol comienzan ya a anaranjarse. Una resplandeciente catedral verde y naranja. Creo que nunca la había visto tan llena de color, tan refulgente, tan encendida.

Algo más allá, tras la curva en que el camino cambia de dirección para discurrir hacia el Sur, el sol comenzaba a declinar por detrás del bosque a mi derecha. Una ligera neblina difuminaba la luz, tan ligera que sobre la nieve la luz era intensamente blanca mientras envolvía los árboles en una tenue atmósfera dorada. El espectáculo era tan bello, que me llevó a Dios. Dios expresándose en la composición de la escena; Dios vibrando en la nieve; la conciencia de Dios vibrando en los troncos de los árboles, vibrando en el aire levemente dorado, en el globo difuso del sol, en la luz.

Sí, era tal la belleza que resultaba fácil percibir la presencia de Dios, e ir de la vibración de su conciencia en el paisaje a su vibración en nuestro interior; su vibración en el tronco de nuestra columna y en la copa de nuestro cerebro. Era fácil sentir una gozosa reverencia ante la vida.

Al traer ahora a mí la tarde de ayer, se despierta todavía más fuerte el sentido de nuestro templo interior: la recta nave de nuestra columna por la que la energía vital se dirige al altar del entrecejo, el ojo espiritual. La divinidad vibra en este templo, la conciencia de Dios vibra en nosotros y nos transmite continuamente su mensaje de omnipresencia, omnipotencia y omnisciencia. Ese es nuestro ser, esa es nuestra alma.

Vivamos manifestando la conciencia divina que vibra en nuestro templo interior.

Desde el templo del alma,

Indrani

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