Cartas de Indrani

Queridos amigos,

La noche del jueves desbordó tal belleza aquí, en Villarrodrigo, que probablemente no fui la única persona a la que le costó trabajo acostarse y dejar de mirarla.

Por la tarde había nevado, una nevada de grandes copos que se dejan caer sin peso pero sin interrupción y en muy poco tiempo convierten el paisaje en un silencioso manto blanco. Al llegar la noche el cielo quedó completamente despejado, y la luz plateada de la luna llena resplandecía límpida sobre la nieve. En la huerta el efecto era de una pureza perfecta: el brillo limpísimo de la luna sobre la blancura de la nieve inmaculada.

Quizá la sensación de pureza estaba acentuada por la simplicidad. Todo parecía reducirse a luz, luz plateada azul derramándose sobre las formas de luz blanca de los árboles y del suelo blanco. Así debe ser también la pureza del alma, hecha de simplicidad y luz.

Al comenzar la semana había venido a mí la sensación de grandeza que existe en pedir perdón, y venía acompañada de simplicidad y de humildad. La sensación me había llevado a un recuerdo impregnado de esas cualidades. El recuerdo de una de mis tías en una ocasión en que me contó cómo había pedido perdón.

Mi tía Cándida es una mujer de gesto severo, poco agraciada físicamente, y tal vez por la combinación de ambas cosas y un carácter serio, cuando yo era niña me parecía la máxima representante de todo lo estricto y riguroso. Cuando al fallecer mis padres comencé a visitarla sin ellos, descubrí que en realidad es una persona extraordinariamente noble y tocada por la grandeza del alma.

En casa de mis tías, mi tía Cándida vive con una hermana, se practica el ritual del café después de comer, y ese es el momento de las historias. Fue en una de tales sobremesas cuando mi tía me contó cómo había pedido perdón. Había tenido una desavenencia con una vecina; esta vecina tiene el mal hábito de curiosear en las vidas ajenas y del chismorreo que surge como consecuencia inevitable. Aquel día mi tía le llamó la atención duramente y le dijo, parece que con bastante acritud, que delante de ella no volviera a hacer comentarios sobre otras personas. La vecina se marchó ofendida y mi tía quedó disgustada por haberla tratado con aspereza. Así que decidió ir a su casa y pedirle perdón. Lo contó diciendo: “allá fui, a pedirle perdón”. “Allá” es solo a 200 metros de su casa, pero representa el esfuerzo que supuso dar ese paso y la grandeza de haberlo dado. Representa el haberse echado a un lado a sí misma y pensar solo en la otra persona.

La pureza de la noche del jueves me hizo sentir de nuevo la pureza de pedir perdón, y recordar la pureza de mi tía al pedir perdón. Para pedir perdón se necesita la humildad de ceder nuestro puesto, la humildad de ceder el apego a nuestro comportamiento. Pedir perdón significa desprendernos de la idea que tenemos de nosotros mismos, tener el valor de despojarnos del ego. No es una tarea fácil ir “allá”, pero la recompensa es reflejar la pura luz de la grandeza del alma.

Desde la luz purísima del alma,

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