Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Hace unas semanas me acerqué con Carmelita al “Val”, como se conoce aquí a Val de S. Lorenzo, un pueblo situado a unos 50 Km. al Suroeste de León, cerca de Astorga. Es un pueblo de piedra color miel en el que se respira serenidad y que conserva la manufactura de la lana, y Carmelita y yo fuimos para comprarnos una chaqueta; ella también compró un gorro, calcetines y, más tarde, una bufanda. Al escribir sobre estas prendas hechas a mano pienso en Gandhi, en su defensa de la rueca, de la autosuficiencia, de la dignidad del trabajo. En nuestra cultura, ¿su defensa de la industria artesanal no sería también un ideal magnífico?

En este momento llevo puesta esa chaqueta de pura lana hecha a mano, y si cierro los ojos un instante, puedo sentir las manos que la tejieron, la lana resbalando por los dedos, los vellones de lana cayendo de la oveja esquilada, y experimento bienestar; siento bondad en la persona que la calcetó y su satisfacción por poder, gracias a su trabajo, “valerse por sí misma”.

Creo que esta dignidad de valerse por sí mismo, en armonía con la naturaleza, es lo que se percibe también en el Val. Cuando Carmelita y yo llegamos, un domingo por la mañana, la tienda de tejidos estaba cerrada; nos dijeron: “Abrirán después de misa”. Así que decidimos dar un paseo hasta la iglesia, que está fuera del pueblo, en realidad en otro pueblo, Val de S. Román. Fue un paseo muy agradable entre las casas color miel, asomándonos a algún patio, y con Carmelita contándome cómo diseñó Gaudí el palacio que construyó para el obispo de Astorga.

Al llegar al final de pueblo, en medio del campo, apareció la iglesia. La gente empezaba a venir hacia nosotras por el camino, la misa había terminado, pero “ya que estábamos allí”, seguimos adelante. Además la iglesia, un edificio de formas lisas y equilibradas, parecía llamarnos a continuar. Mientras nos cruzábamos con los feligreses y cruzábamos un pequeño puente, Carmelita me hablaba del monopolio del cacao en relación con Hernán Cortés, que llevó a esta zona a desarrollar la industria del chocolate; las dos nos fuimos un instante al Renacimiento y después disfrutamos del sabor del chocolate como si estuviéramos paladeándolo.

Llegamos a la puerta de la iglesia, dimos unos pasos hacia la cabecera, y entonces, el mundo astral, o más bien el mundo del alma, se derramó sobre nosotras. El altar era luz, luz azul con irisaciones amarillas, anaranjadas, violetas… la luz del sol entraba por las vidrieras de una ventana en la fachada sur, y convertía el altar en una expresión del alma. No era un altar sobre el que daba la luz, era Luz dando forma a nuestro anhelo profundo de belleza, de resplandor, a nuestro anhelo profundo de iluminación. Sí, no se trataba de una imagen del esplendor del alma, era, resplandeciente, su esplendor mismo. ¡Nos embargó la dicha!

El altar de luz se gravó en mí y me acompaña desde entonces. Siempre conmigo, fluye bajo los acontecimientos de mi vida cotidiana, y aflora aquí y allá de vez en cuando. Cuando lo hace, la dicha que sentí aquella mañana ante la luz me embarga de nuevo.

La luz, y con ella la dicha, discurren bajo las circunstancias de nuestra vida. Nuestra vida física es solo una fina capa, bajo ella se desliza el río del alma. La luz y la dicha son la Verdad que existe bajo esa fina capa.

Desde la Verdad del alma,

Indrani

RECIBE LOS MOMENTOS DE INSPIRACIÓN DE CADA MES POR EMAIL SUSCRIBIÉNDOTE AL BOLETÍN (ABAJO)