Cartas de indrani

Queridos amigos,

Esta época, con la primavera en su cúspide, es especialmente amable en Villarrodrigo. Los campos y el bosque vibran impregnados de vitalidad; una vida nueva bulle en los altísimos chopos, en las tierras de cereales, en la variedad de árboles y arbustos junto al río; desde luego en la multitud de cantos. En los rincones escondidos entre la tupida vegetación se asoman delicadas y a veces extrañas flores, petirrojos, herrerillos, colirrojos, las primeras mariposas.

Es una tarde radiante, pero al llegar al río algo en el ambiente comienza a moverse, un presagio de tormenta; y este leve movimiento aumenta la sensación de la vida desplegándose. Se levanta una suave brisa y un campo de trigo todavía verde se mece acompasadamente con ella. Me detengo para empaparme del color verde grisáceo, de la dulce brisa, de la promesa contenida en el trigal espigándose, de la promesa que derrama la tarde.

El pensamiento queda absorto en el trigo. Sigue a esta flexible masa verde mate que se deja ir con la brisa. La brisa la lleva hacia un lado y hacia otro, pero en el trigal nada cambia. Y cuando la brisa cesa, vuelve a su posición, inmutable.

Nuestro espíritu no cambia. Somos espíritu sobre el que sopla la brisa de los cambios externos. El mundo físico, con sus mutaciones, pasa y repasa por nuestra vida exterior. Pero bajo esa brisa permanece el ser que realmente somos. Si tomamos contacto con él, las mutaciones del mundo físico se transformarán en una brisa que solo nos hará curvarnos suavemente a un lado y otro.

Somos espíritu, y como tal, formamos parte del inmutable Espíritu infinito. Pero, ¿cómo podemos sentir esa inmutabilidad en medio del cambio constante?

Quiero proponerte una práctica que nos acerca a este sentimiento. Consiste en poner nuestra vida en manos del Espíritu, de la Conciencia cósmica o de aquello que tú sientas como la Realidad más allá del mundo fenoménico. Ya sea durante la meditación, en momentos de calma o en momentos en que tu vida externa esté siendo agitada por los acontecimientos externos, mira hacia el ojo espiritual, hacia el entrecejo, y ofrece desde allí tu vida a esa Realidad. Quizá al principio no percibas ningún efecto, pero con el tiempo verás que afrontas la vida con confianza, que los acontecimientos pierden dramatismo, que tu mente se flexibiliza y vas adoptando la forma del campo de trigo sobre el que las circunstancias se deslizan cimbreándolo, mientras en su centro permanece inalterado.

Pon tu vida en manos de la única Realidad, sabiendo que ella la guiará por el camino correcto. Esto no significa abandonarse pasivamente, o ser indiferente o pusilánime; tienes que emplear el cien por cien de tu energía en todas tus empresas, pero hazlo sabiendo que estás en manos de una conciencia suprema que te conducirá a la meta más elevada. Sentirás entonces que la brisa de las circunstancias te mece, con la certeza de que interiormente nada cambia.

Desde el alma, la única realidad,

Indrani

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