Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Por favor, que salga el sauco y las chicharras comiencen su sonata. Y que los avellanos y las ranas vayan preparándose. La primavera avanza.

Es otra tarde resplandeciente; tan bella y serena que me gustaría grabarla profundamente en mí y hacerla perenne. Me gustaría penetrar en cada hoja de cada fresno, en cada blanca flor del sauco, en el canto del carbonero y el olor del tomillo, y en el mismo suave movimiento del aire.

Y pienso que debe haber un modo de hacerlo. ¿Existe un modo de hacerlo? Sí, sé que es posible. Paramhansa Yogananda dice que esta experiencia de convertirte en cada brizna de hierba, o en el polvo estelar, se alcanza en el estado de conciencia cósmica, y la describe en su poema Samadhi. Pero quizá exista algún medio de acercarse a tal experiencia antes de alcanzar ese elevado estado. Se me ocurre que este medio puede ser mirar cuanto nos rodea desde el ojo espiritual.

Camino, entonces, con la idea de mirar desde el ojo espiritual. Y comienzo por enfocar los ojos físicos con concentración sobre el paisaje que va abriéndose ante mí; teniendo al mismo tiempo consciencia, física, del entrecejo. Al hacerlo, todo parece más vivo, más intenso, como cuando un miope entrecierra los ojos, cierra la lente, y enfoca. Es un acto de concentración.

Llego a los trigales. Hoy las espigas están ya engrosando, y sobre el verde azulado flota el tenue morado de sus aristas formando una ligera ondulación morada. Al otro lado de los trigales se extiende la chopera, y es verdaderamente bello el contraste entre el verde apagado del trigal y el verde brillante de las hojas de los chopos. Al fondo, por entre los altos chopos, aparece un pico gris de la montaña que conserva todavía una franja de nieve blanca.

Aplico de nuevo el método de mirar el conjunto desde el ojo espiritual. Su belleza me embarga. Ahora me concentro en los chopos. Se ha levantado brisa y las hojas trepidan reflejando el sol. El color, el brillo, el movimiento, se intensifican al concentrar la mirada. Trato entonces de mirar más con el entrecejo; cierro los ojos, de pronto mi cuerpo desaparece, y todo mi ser acude a la frente, es absorbido por la frente, y existo solo en el entrecejo. Es una intensa sensación de ser. Todo cuanto miraba se ha convertido en una palpitación en el entrecejo; todo es una vibración en ese centro.

Cuando abro los ojos me recibe el brillo de los árboles, el trepidar luminoso de las hojas. Pero ahora sus expresiones físicas me parecen solo el bello atavío de una vibración perenne, imperecedera.

Mirando desde el ojo espiritual, se puede percibir la vibración de que está compuesto todo. Puede verse todo como una manifestación de esa vibración, y se puede vivir en esa luminosa vibración.

Desde la vibración del alma,

Indrani

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