Cartas de Indrani

Sé una causa en la vida

Queridos amigos,

¿Os habéis adentrado alguna vez en un robledal gallego? Las robledas gallegas tienen algo mágico. Los robles, los carballos, tienen algo mágico. Quizá sea su corpulencia, o la generosidad de su ramaje que se extiende y extiende alrededor del tronco y hacia los árboles cercanos. Al comenzar Enero, las ramas tendiéndose desnudas de hojas en el aire crean un entramado que parece sostenerse solo, y con sus cortezas recubiertas de líquenes gris-verdosos, como colgantes vivos, producen un efecto de laberinto fascinante.

En los días nublados y húmedos, profundamente húmedos, de comienzos de Enero, si te detienes en la linde del bosque y miras hacia el interior, puedes entrar fácilmente en otro plano de realidad; una realidad de calma y espera.

La humedad casi condensada en lluvia lo empapa todo, el suelo pardo oscuro tapizado de hojas, los muros de granito cerrando las fincas, las plantas que se agarran a las rocas, los robles… y esta sensación de humedad que empapa hasta nuestra mente, acrecienta el estado de detención, de estar a la espera. Pero de pronto… ¡un alegre, agudo canto! ¿Qué hace el petirrojo balanceándose feliz, saltando de rama en rama, mostrando su cara y su pecho naranja? ¿Es que él no quiere esperar? ¿Está dispuesto a exhibir su vivacidad en este día de Enero lluvioso? ¿No quiere someterse al destino que ha aplazado unos meses la manifestación de la dicha?

Parece que no, que el paporrubio quiere ejercer su voluntad, y hoy, sin más dilación, hacer en nuestros corazones un hueco a su canto, su don divino. La voluntad, nuestro don divino, el don que la divinidad nos ha concedido para que despleguemos el resto de nuestros dones y que nos hace dueños de nuestro destino.

Sé una causa en la vida, no un efecto. Este consejo de Swami Kriyananda me impactó cuando lo oí, o lo leí, por primera vez, hace varios años; desde entonces vuelve a mí con cierta frecuencia recordándome el don de la voluntad. Tenemos capacidad de elección, somos seres divinos. ¡Qué maravilloso regalo, nuestra voluntad! que pone en nuestras manos la queremos vivir. El petirrojo puede cantar en un día nuboso en que la naturaleza calla. Nosotros podemos hacer hablar, cantar, en todo momento, en cualquier circunstancia, a nuestra alma.

Podemos elegir en todo momento qué expresión queremos dar a nuestra vida. ¿Queremos dejar nuestra vida en manos del “destino”, hacer depender nuestra felicidad de los demás, rendirnos ante los retos, permitir que los deseos y actitudes nacidas del ego guíen nuestros pasos? O queremos ser los directores de nuestro canto, elegir nuestra sinfonía y expresarnos como almas.

¡Gracias, petirrojo, por tu jovial canto que nos trae en sus notas el don de la voluntad, nuestro don divino!

En el canto del alma,

Indrani

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