calma interior

Queridos amigos,

Los paisajes de los pintores holandeses siempre me han producido una calma profunda, un sentimiento casi religioso; ahora lo llamaría calma interior. Y soy tan afortunada, que muy cerca de mi casa existe un “paisaje holandés”. En primer término un seto con toda clase de arbustos, desde el espino blanco al saúco, el bonetero, la zarzamora, el rosal silvestre… sostenidos de vez en cuando por un fresno rotundo o un nogal.  A continuación los sembrados, que en invierno se convierten en pastos, y después una extensión de prados con los linderos formados por fresnos y chopos y, en el cierre hacia el río, de nuevo el seto, la vegetación variopinta y concentrada.

A primera hora de la tarde un rebaño de vacas suele estar sesteando junto a los árboles, al final de la pradera. La presencia de las vacas humaniza el paisaje, lo hace más cercano. El sol, que empieza a declinar dando una tonalidad cálida a la escena, ilumina su lustrosa piel. Echadas o de pie, permanecen totalmente estáticas. Su quietud hace percibir la quietud perfecta del momento.

¿De dónde procede esta calma? Como el paisaje, el corazón está totalmente aquietado. ¿De dónde esta quietud? De la armonía de los colores y las formas, sin duda. De la composición del paisaje: los esbeltos árboles enmarcando un primer plano de prados y al fondo el bulto color caramelo de las vacas; los rayos de sol filtrándose velados entre los troncos; el verde de los pastos surcado por sus cortezas castañas. Pero probablemente de algo más. De algo que brota de la armonía.

Quizá procede de que esa armonía nos permite situarnos ante la escena con el corazón abierto. Sin vincular el paisaje a ningún detalle de nuestra vida, no lo entrelazamos a nuestras necesidades, anhelos o esperanzas. Simplemente es, lo contemplamos y le permitimos que continúe siendo. No levanta en nosotros la más mínima agitación, ni una ola pica el mar de nuestra calma.

Cuando tu corazón se agite, trata de disponerte ante la situación que te desasosiega como ante un paisaje holandés. Primero observa con cierta atención, descubrirás que en tu corazón está atándose un nudo. Identifica ese nudo, el hecho, a la persona, la circunstancia que lo crea, sin miedo, estás ante un paisaje holandés. Y entonces abre el corazón y mira hacia dentro, permite que la causa de tu desazón sea, acepta que se manifieste tal como es. Sentirás que el nudo va deshaciéndose. Observa, visualiza si quieres, cómo el motivo de tu angustia se desata. La calma comenzará a colmar tu corazón; muy pronto lo rebosará y se expandirá ante ti. Surgirá una extensa quietud, que te permitirá levantar la vista y mirar hacia las montañas.

Desde la armonía del alma,

Indrani