cartas de indrani

Queridos amigos,

La mudable primavera está haciendo un fantástico despliegue de sus locuras. Un día de sol brillante y calor, que te hace sentirte ligero y saltarín, se ve sucedido por un terrible día de ventisca, granizo y nieve, ni siquiera el abrigo, la bufanda y los guantes, con todo su peso, consiguen aislarte del frío empecinado.

En la huerta, animados por el comienzo sonriente de la primavera, los frutales se cuajaron de capullos hace un par de semanas, y de pronto, en el siguiente vuelco de la inconstancia primaveral, su tierna vivacidad está viéndose zarandeada sin compasión, maltratada, “apedreada”. Pero, como si la experiencia los hubiera preparado, este año los arbolitos actúan tan sabiamente, que pasan los días y los capullos continúan cerrados. Si se abrieran, probablemente las flores se quemarían con la helada o serían destrozadas por el granizo, y caerían muertas al suelo. Pero ahí se mantienen, en capullo, resguardadas en sí mismas.

Cuántas veces nos sentimos zarandeados por el viento helado de la crítica, el frío de la incomprensión, el pedrisco de las circunstancias adversas. Pues bien, la estrategia de los frutales me parece una gran estrategia. No podemos permitir que el hielo de las palabras o de los comportamientos despiadados de los demás seque las dulces flores de nuestro corazón; o que las piedras arrojadas sobre nosotros por las circunstancias contrarias las rompan.

Todo temporal, y resulta graciosa esta doble acepción de la palabra, es pasajero. Mientras descarga sobre nosotros, ¿por qué no seguir la táctica de los frutales y retirarnos a nuestro interior? Allí podremos cultivar nuestros capullos de nobleza en espera de que la primavera se decida a ponerse definitivamente el liviano manto de los días alegres y cálidos.

Sí, no es fácil cuando arrecian los golpes o las cuchilladas invernales sostener los capullos en sus ramas. Pero si recordamos a nuestra alma, podemos utilizar esos golpes y cuchilladas para alimentar nuestra paciencia, nuestra capacidad de no-reaccionar, nuestra bondad, nuestra comprensión; para cultivar esmeradamente nuestro amor.

Mariví, que se rompió un hombro, me dice que está pasando por un proceso doloroso de rehabilitación, pero que, aunque esté siendo muy duro, sabe que al terminar habrá merecido la pena. Ésa es la actitud correcta frente a cualquier dolor.

Aprovechemos los días en que el frío, el granizo y la ventisca de las penalidades arrecian para nutrir nuestros capullos de cualidades nobles. Y así, cuando se estabilice la primavera en nuestra vida, se abrirán cargadas de aroma las flores de nuestra alma.

Desde la primavera del alma,

Indrani

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