Cartas de Indrani

Queridos amigos,

¡Qué cautelosamente se adentra la primavera a 860 metros sobre el nivel del mar! Hace ya semanas que puso la punta del pie en nuestros bosques, pero cómo duda en pisar con toda la planta. En cierto sentido, esto tiene el encanto de mantener nuestra atención alerta para ir descubriendo cada nuevo milimétrico avance.

Con cuánta cautela y qué humildemente se presenta ante nosotros. Para quienes vivís en zonas templadas, o cálidas, en este momento los jardines mostrarán ya sus galas de exuberantes camelias, tulipanes, buganvillas… aquí sólo han florecido los manzanos, los ciruelos, los perales en las huertas y las sencillas margaritas de los prados, los miosotis, el botón de oro, en el campo. Y sin embargo, estas casi minúsculas flores contienen en su sencillez todo el poder de abrir nuestro corazón a la vida. En sus escasos y diminutos pétalos se expresan la belleza y la confianza, la exposición alegre, la dicha de ofrecerse a la luz. Y cada una de ellas, incluso las que puedan pasar inadvertidas, es en sí misma un mundo; diría que cada una de ellas está “completa” en sí misma.

La flor del peral y la del manzano, por ejemplo, pueden parecer iguales, pero si sigues su crecimiento durante semanas, verás qué distintas son: las del manzano son más blancas, pequeñas y redondeadas, y más independientes; las flores del peral salen en grupos compactos primero amarillentos que van abriéndose en flores más grandes, rosáceas y alargadas. Y qué decir de sus evocadores nombres: bellis perennis, eternamente bella; el nomeolvides, la bolsa del pastor, los pendientes de la reina, el diente de león…

Puedes pasar junto a muchas de ellas sin verlas, pero si te detienes mientras pasas y observas, podrás contemplar en su modestia una vida completa desplegándose. Qué variedad de lilas-azules en la flor apenas perceptible del nomeolvides; cómo brillan los cinco pétalos del ranúnculo, ¿han derramado las hadas del bosque mágicos polvos de destellos amarillos sobre ellos?; qué plenitud en la llana simpatía de la margarita común.

Como a cada una de estas humildes flores, la Naturaleza nos ha dotado a cada uno de nosotros de nuestro don. Quizá sea tan poco llamativo como los pendientes de la reina o la bolsa del pastor. Quizá sea el don de cuidar a nuestra familia, el don de saber trabajar la huerta, el don de crear paz a nuestro alrededor; para alguien, por qué no, quizá sea el vistoso don de las prominentes flores cultivadas. No importa la apariencia que tome, porque sea cual sea, este don nos hace completos en nosotros mismos. No necesitas buscar los dones que se les hayan concedido a los demás, como la flor del ciruelo no necesita los atributos de la flor del peral, ni siquiera le servirían si los tuviera.

La primavera es un precioso momento para abrirnos a nuestro don, también al de ser seres humanos, cada uno de nosotros único en sí mismo, en cualquier atuendo, llamados a la perfección.

Desde el don del alma,

Indrani

RECIBE LOS MOMENTOS DE INSPIRACIÓN DE CADA MES POR EMAIL SUSCRIBIÉNDOTE AL BOLETÍN (ABAJO)