cartas de indrani

Queridos amigos,

Hoy la vida nos ha regalado un vivaz día de primavera. Luz tamizada y grato calor. Calor suave al que entregarse con gratitud, dulzura de la luz inundándote. La Naturaleza también se muestra agradecida, y se decide al fin a resquebrajar sus escudos, desembarazarse de sus protecciones y caminar al paso alegremente. En los árboles asoman ya, con determinación, las hojas, tiernas pero imparables; en los linderos de las fincas y el bosque surgen plantas que no se sabía que estaban, ¡incluso un cerezo en flor comparte con los alisos la ribera!; y qué decir del canto de los pájaros, es tal su variedad, continuidad, superposición, que se necesitarían conocimientos de ornitología para saber quién responde desde cada arbusto al mirlo que conversa seriamente.

Paseando con Carmelita el viernes, me decía cuánto le gusta esta época del año, este comienzo de la primavera, esta suavidad, esta renovación. Sí, la naturaleza se abre a una nueva vida y todo se mantiene en un estado de esperanza.

Esta tarde regresaba a casa impregnando mi corazón de ese estado de esperanza: en el jugoso verde de los pastos, en un caballo que relincha resguardado del camino por los sauces y la clemátide en flor, de nuevo en el mirlo, que atraviesa el prado raseando.

Al pasar por la casa junto a la iglesia, la anciana que vive en ella, y que con frecuencia sale a la verja a saludar, estaba sentada en el patio, medio tumbada entre dos sillas, al sol. La cabeza protegida por un sombrero de tela y varias prendas de ropa cubriéndola, incluso las piernas que descansaba sobre un cojín, a pesar del agradable calor. ¿Descansaba? Más que descansar parecía abandonada, su cuerpo desplomado, su cabeza inerte ladeada, su figura desposeída de expresión. Y sentí que era la vida quien la abandonaba. Me invadió la pena, y la tristeza de que ya no volvería a verla junto a la verja saludándome; después la pena se tiñó de compasión y cierto dolor por la forma en que se retira la vida, por este proceso que deja a Rosa abandonada.

Su casa quedó atrás, aunque no su imagen entre las sillas, derrengada. Y al continuar mirándola, al penetrar en esta imagen, la percepción cambió; de pronto lo comprendí. No era a Rosa a quien abandonaban; era ella la que estaba dejando la envoltura de su cuerpo gastado, la que había iniciado el proceso de desprenderse de toda limitación. Con qué alivio respiró, y cómo sonrió, mi corazón. Rosa está comenzando, dulcemente, al sol de la primavera, a liberar su alma.

Desde el alma,

Indrani

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