Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Hace unos días, mientras aparcaba el coche en el Paseo de Quintanilla, oí que alguien me decía: “Por detrás te queda más de un metro”, dos o tres veces. Un anciano estaba ayudándome en la maniobra. Cuando terminé de aparcar y salí del coche ya había retomado su camino, así que di algunos pasos rápidos hasta llegar a su altura, quería agradecérselo. Al dirigirme a él, una dulce sonrisa, sobre todo en sus ojos claros, hacía brillar su bondadosa cara. “¡Eres una artista!”, me respondió al darle las gracias. Mi aparcamiento no había sido siquiera impecable, mucho menos artístico, y sin embargo sentí que lo decía con total honestidad, porque lo decía con absoluta bondad. Aunque iba pulcramente vestido, el jersey había quedado enroscado en la cintura, ¡con qué ganas se lo hubiera colocado, como se viste a un niño! Pero no me atreví y seguí hacia clase.

El sábado, paseando, la sonrisa del anciano me acompañaba. ¡Qué dicha en una sonrisa tan pura, tan limpia de orgullo, tan limpia de ego! Qué serenidad irradiaba. La serenidad de quien se ha desprendido de este mundo. Como a tantos ancianos, la vida, su agitación y sus turbulencias, ya no le atrapaba; todo estaba bien, mi aparcamiento era artístico, nada tenía importancia.

Durante el paseo descargó un chaparrón y la lluvia, al homogeneizar la luz, producía un efecto de calma. Ningún color, ninguna forma que destacara, nada excitaba los sentidos. Nada atrapaba. Me parecía pasar como sin pasar. La naturaleza no pretendía nada, yo no pretendía nada. Nada llamaba. En una tarde así, en un estado así, resultaba fácil seguir la recomendación de Paramhansa Yogananda, “vivir en el mundo, sin pertenecer al mundo”. Resultaba fácil identificarse con la serenidad del anciano.

El chaparrón cesó de pronto, como lo hacen los chaparrones. El sol iluminó las gotas de agua sobre las hojas del abedul, cómo brillaban, cómo brillaba la hierba en los prados. ¿No era éste el brillo en los ojos del anciano? ¿No estarán los ancianos disfrutando del brillo que aparecerá al abandonar esta existencia que ya no les atrapa?

Cuando mi padre falleció se despidió de nosotros diciendo: “Adiós, hasta la Gloria”. No era un hombre espiritual, o al menos a mí no me lo parecía, aunque sí sumamente recto y honrado. Sin embargo sabía que se dirigía a la Gloria, a la Luz, ya estaba saboreándola.

Y nosotros podemos saborearla en cada instante si no nos dejamos atrapar por nada, si no nos excitamos con nada. Podemos experimentar la dicha en cada instante viviendo en el mundo, sin pertenecer al mundo.

Desde el alma que no pertenece al mundo,

Indrani

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