Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Ya están los saúcos en flor. Alguien me dijo que el olor del saúco le resultaba desagradable, para mí ese olor es la niñez. Y la niñez es una simpática sonrisa, es bondad, son horas de correr, saltar, ser libre; es la felicidad de mis padres cuando volvía a casa exhausta de tanto jugar y al abrirme la puerta hacían la comedia de no conocerme: “¿Pero tú quién eres? ¿Quién es esta gitanilla?”. Su comedia y su felicidad hacían reventar todavía más mi felicidad. Como probablemente para vosotros, la infancia es dicha para mí. Una dicha tan pura, que cuando me veo a mí misma de niña siento como si flotara.

Sí, recordando ahora aquella dicha me parece una dicha etérea. Como la siento en los niños que van al colegio de la mano de sus padres dando saltitos, mirando para atrás, sus pequeños pies tocando apenas el suelo. En ellos y en mis recuerdos de niña percibo una límpida expresión del alma.

Después, con la adolescencia, la juventud, comienzan los aprendizajes y las dificultades de los aprendizajes, y el alma va cubriéndose de velos, de capas. Comienza la etapa de cubrir el alma hasta casi hacerla desaparecer de nuestra vista. Pero sólo son velos, sólo son capas. Si miramos bajo ellos ¡veremos el alma! Y podremos vernos a nosotros mismos como almas.

Cuando el dolor, el desaliento, la oscuridad de cualquier tipo, traten de abatirse sobre ti, visualízate como alma: una gran luz con el potente foco de tu esencia en su centro. Mira cómo brilla. Observa su fuerza, su poder, su sentido de perfección. Siéntete como alma frente a la circunstancia que te hace sufrir y comprobarás que toda oscuridad se desvanece.

Imprégnate de esta verdad. Tú eres ese ser resplandeciente, el ser que resplandecía en tu niñez. Mantén esta imagen ante ti y después deja que te envuelva. Tú eres esa luz irradiando desde tu centro. Tú eres ese brillo. Tu ser es sagrado.

Desde la fuerza del alma,

Indrani