cartas de indrani

Queridos amigos,

Como pasé mi infancia y adolescencia en el Noroeste de España, me acostumbré a amar los paisajes verdes. En especial los veranos en Galicia abrieron mi corazón a los vigorosos robledales y los prados, y a la figura apacible de las vacas pastando. Pensar en Castilla o Extremadura me traía una imagen de aridez. Lógicamente eso cambió hace muchos años. La primera vez que viajé a Extremadura fue un maravilloso descubrimiento y comprendí la necesidad de hacer pedazos las ideas preconcebidas.

El lunes pasado hice un viaje en tren por Castilla y atravesé Tierra de Campos. Qué serenidad desprenden sus suaves colinas pardoamarillentas, la forma negra de un pájaro que dibuja su vuelo recto sobre el rastrojo, alguna mancha intensamente amarilla de un campo de girasoles que anima por un momento el paisaje y resalta la austeridad del pardo.

Los bosques atlánticos, los blancos picos de la Cordillera Cantábrica, están llenos de magia, pero cuánto misterio también en estas extensiones de cereales, en la calma profunda de este paisaje liso, uniforme. Paramhansa Yogananda recomienda que ante las cosas que nos cautivan por su belleza vayamos más allá para ver en ellas a su Creador. El lunes traté de ponerlo en práctica y ver las tierras de cereales ya cosechados no tanto con los ojos, como con el alma. Cómo se sentía entonces en su calma austera la presencia de lo divino y cómo cobró el paisaje una nueva realidad. Dejó de ser un escenario mudo para vibrar dentro de mí e impregnarme de la vida esencial que trasciende toda manifestación.

Tratemos, en todo aquello que despierte nuestro entusiasmo o nuestra reverencia, de ir de lo creado al Creador; de sentir la divinidad que late en la apariencia externa; veremos que todo cobra una vida nueva. Y probablemente, si nos acostumbramos a ver esa vida esencial en lo bello, pronto podamos sentir la divinidad en todo.

En la divinidad del alma,

Indrani

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