Cartas de Indrani

Queridos amigos,

¿Sentís, al igual que yo, atracción por los monasterios? En los claustros especialmente, el “éter” vibra de paz e interiorización.

Hace unos días estuve en el monasterio de Pedralbes, en Barcelona; su claustro es bellísimo, amplio, elevado, delicado, y dulce. En una de las esquinas tiene un pozo rodeado por tres de sus lados por un banco corrido y azulejado. Sentada en el banco un poco decrépito, me parecía estar en presencia de las monjas que se habrían sentado allí durante siglos en silencio. Unas turistas argentinas, devolviéndome al tiempo presente, me pidieron que les hiciera una fotografía junto al pozo. Les hice varias y después charlamos un momento de las fotos.

Cuando se fueron volví a sentarme. Me costaba irme de allí. En cierto momento, sin saber por qué, posiblemente porque algo me atrajo, levanté la mirada al piso alto, una monja con una cámara fotográfica se había detenido en el corredor; era una imagen bastante especial: el hábito gris, la toca, y una cámara fotográfica -si no profesional, una buena cámara- colgada al cuello. Me gustó esta unión de devoción e interés por lo que le rodeaba.

Por fin me levanté, pero no quería marcharme. Aunque había recorrido el claustro varias veces, comencé un nuevo paseo bajo las arcadas. En el ángulo opuesto al pozo, una escalera moderna daba acceso a lo que debían ser las dependencias actuales del monasterio, una valla vedaba el paso a los visitantes; me paré para sentir un instante la vida de estas monjas, mis contemporáneas, que saldrían al claustro por allí. Y al otro lado de la valla estaba la monja con la cámara fotográfica. Nos miramos. ¿Quería intercambiar unas palabras conmigo? ¿Quería decirme algo? Por qué iba a querer hablar conmigo una monja. Yo era una de tantas visitantes, qué sentido podría tener para ella. Seguí adelante. Dejé el monasterio y no supe si la monja tenía algo que decirme o no. ¿Por qué no le hablé? Tal vez necesitaba alguien a quien mostrar la cámara. ¿Por qué no le di la oportunidad de hacerlo? ¿Por qué no me di a mí misma la oportunidad de saber si quería comunicarme algo? Tal vez tenía un mensaje para mí. Sí, ahora siento que tenía un mensaje para mí. Desde luego el mensaje de abrirme a ella.

La vida nos envía continuamente mensajes. En las situaciones que se repiten, en los dolores enconados, en los obstáculos persistentes… Señales de la necesidad de hacer cambios en nuestras actitudes y tendencias, de arrancar raíces a veces muy profundas, miedos largamente arrastrados. Si estamos atentos percibiremos esas señales que nos marcan puntos clave en nuestro desarrollo.

No dejes de seguir esas señales. Al igual que ahora siento que la monja tenía un mensaje para mí, el alma nos guía a través de mensajes, a través de señales. No dejes de seguirlas, son señales hacia la apertura y la expansión, hacia la Luz.

Desde el claustro del alma,

Indrani

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