Cartas de Indrani

El secreto de la felicidad es sentir veneración.

-            Swami Kriyananda                            

Queridos amigos,

Viviendo en el campo no es difícil sentir veneración; la naturaleza presenta continuos motivos para hacerlo. En estas noches suavemente cálidas, basta salir a la huerta y elevar la mirada para sentir reverencia. Basta con contemplar la profusión de estrellas en el cielo, la estela blanca de la Vía Láctea, para que el asombro, la gratitud, la maravilla, te invadan.

A 850 m. sobre el nivel del mar, a los pies de la Cordillera Cantábrica, las montañas y el cielo están tan cerca que es muy fácil sentir reverencia por la creación. Y su proximidad puede ayudarte a experimentar otra clase de reverencia.

Ayer, con un grupo de amigos, hicimos una corta caminata por las faldas de Peña Galicia. Desde un rellano en la montaña, dejando a cada lado las cimas rocosas, el espacio se abre y la vista se extiende sobre planos de colinas verdes, cubiertas de robles, hasta el horizonte. ¿Alguna vez has caído de rodillas de reverencia? A mí me sucedió cerca de ese rellano, en otra subida, en aquella ocasión hasta la cima de peña. Solía subir allí con mi esposo, a él ese lugar le atraía porque desde León, en muy pocos kilómetros y en muy poco tiempo, se alcanza suficiente altura para encontrarte en medio de un amplísimo panorama de 360º. La cadena montañosa, con sus altas cumbres, te rodea casi por completo y al Sur, las montañas se separan y dan nacimiento no sólo a las colinas que pudimos ver ayer, sino también a las líneas serpenteantes de pequeños ríos y el verde brillante de los valles.

Al alcanzar la cresta de Peña Galicia el aire es tan puro, que quieres respirar no sólo aire, sino pureza; y con ella toda la extensión, la simplicidad, la magnificencia de la montaña; la humanidad de los valles; la humildad de las colinas. Allí arriba depositamos un día las cenizas de mi esposo y, en la subida de la que os hablo, al llegar al punto donde están sus cenizas, algo que no había experimentado con tal intensidad hasta entonces, me envolvió.

¿Fue la pureza blanca de la montaña, la pureza del alma de mi esposo, el amor que en aquel instante le expresaron los amigos que me acompañaban? Quizá fue la manifestación de la divinidad en la montaña escarpada, en el alma de mi esposo, en el amor de los amigos, lo que reunió tal veneración en aquel punto, que caí de rodillas.

¡Cómo quisiera saber transmitiros la dicha de caer de rodillas de reverencia! Pero sobre todo el deseo de caer de rodillas en nuestro interior sintiendo la felicidad de la veneración.

Desde la reverencia del alma,

Indrani

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