Cartas de Indrani

Queridos amigos,

La iglesia de Villarrodrigo tiene un pórtico pequeño y humilde como la propia iglesia; su suelo está construido con, también pequeños, cantos rodados. A la entrada, frente a la puerta principal, las piedrecitas recrean un cáliz. A los pies del cáliz el artista dio forma, a la derecha al sol, y a la izquierda a la luna; encima de él formó la palabra: PAZ; y saliendo del cáliz ramas de piedritas en forma de huso, imbricadas, representan espigas: “y mi copa rebosa”.

Por la mañana, al pasar ante la iglesia, el pórtico me llama, tan literalmente que me detengo para saber qué quiere decirme. El sol ilumina el suelo, representación de unión con el Todo, con el Universo, con la Paz perfecta del “Padre”. En la simbología del yoga, el cáliz representa el séptimo chakra, la iluminación. Al escuchar el suelo, me comunica la clara percepción de la copa/cáliz que rebosa; nuestra copa siempre dispuesta, preparada en la cima de nuestra cabeza para saciarnos. ¡Qué hay que temer, qué angustia puede afligirnos, qué dificultad detenernos!

Las montañas precipitan un viento helado sobre el valle, pero es vivificante caminar a buen paso hacia el río. Al fondo, hacia cordillera, nubes blancas cubren los picos, en la chopera hace sol y los planos trazados por los troncos de los árboles se mueven a medida que camino. Una rapaz, con su fuerte y bella forma marrón, se eleva en la nave puntiaguda construida por dos de estos planos de chopos. El camino está embarrado al deshacerse el hielo nocturno.

En esta sucesión de frío, vigor, belleza, barro, me parece ir pasando por los aspectos cambiantes de la vida, mientras la imagen de la copa sigue en mi alma.

Por el otro lado de la chopera vienen tres niños y su monitor montados a caballo; la elegante imagen de los caballos y los colores intensos de las casacas amarilla, verde y naranja, ponen vida en el lienzo pardo del bosque. Al pasar junto a mí, el monitor inclina la cabeza y las tres niñas, porque son tres niñas, responden alegres a mi saludo. El viento azota las ramas desnudas y me estremece. La imagen de la copa continúa conmigo.

Me acerco a la orilla del río, una bolita pardo-rojiza salta entre los restos invernales de la artemisa y el tomillo, un chochín da un brinco feliz en mi corazón. El frío arrecia y siento deseo de correr, no para huir de él, sino por la energía que comunica. Las hojas húmedas y ya casi grises acumuladas a los bordes del camino desprenden un dulce olor.

La vida pasa con sus aspectos cambiantes por el camino del río, pero en el pórtico de la iglesia hay una copa recordándonos qué nos espera al final del mismo. Esa copa está ya dentro de nosotros, preparada.

En medio de las luchas, los desafíos, los obstáculos… recuerda la copa, dispuesta y esperándote para rebosar.

Desde el alma,

Indrani

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