Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Con las abundantes lluvias de la primavera y el verano, la Cordillera Cantábrica está en flor, convertida en el más precioso jardín. Atravesando sus prados en los valles, sus pastos a medida que subes hacia cualquiera de sus picos –hacia el Cerroso, por ejemplo– la diversidad de formas, colores, aromas, te llena de gozo a cada paso. Desde los guindales –con sus frutas ya rojas– los tilos, los saúcos, los aligustres en flor, envolviendo el pueblo de Argovejo, a las centaureas y toda la variedad de la familia, las linarias, la digital… y ya hacia la cumbre los últimos rosales silvestres intensamente floridos, los perfumados claveles, las manchas amarillas de las retamas impregnando el aire de olor a limón, de la montaña desborda belleza.

La mirada se eleva hacia los blancos picos que emergen del brillante jardín y en el corazón se derrama una profunda gratitud ¿Gratitud hacia qué o quién? ¿Hacia el aire, hacia la vida, hacia el cielo? Es difícil concretarlo. Gratitud hacia algo indefinido; gratitud hacia el todo. Porque ese es uno de los momentos en que resulta fácil sentir que existe un “todo”, una “sustancia”, una conciencia que da forma al universo. Es uno de los momentos en que resulta fácil no sentir separación, sino armonía, totalidad.

Con la sensación de la hierba a tus pies, toda la variedad de flores a tu alrededor, las cumbres frente a ti, se percibe algo sutil deslizándose sobre el paisaje, sobre la atmósfera, sobre nosotros; como el hilo que ensarta las cuentas del collar. Todo y todos estamos penetrados de esa conciencia que al crear formas individuales hace surgir la idea de separación. Pero la separación es solo una apariencia, la “apariencia” que toma la conciencia en cada individuo. Allá arriba, la apariencia individual se engrana en un conjunto armónico y se disuelve, permitiéndonos sentir el aliento único que da vida a todo.

¿Cómo percibir este aliento único cuando ya no estamos en la montaña?

Cuando Mariví y yo comenzamos la ascensión al Cerroso, en Argovejo entablamos conversación con un matrimonio anciano que vive en el pueblo. Rápidamente se dieron cuenta de que no llevábamos bastones para caminar, y nos prestaron dos palos. Eran dos varas de avellano de tacto suave que se transformaron en nuestros files asistentes durante el ascenso. Al regreso fuimos a devolverlas. Maruja y su esposo nos recibieron cariñosamente; ella estaba sentada en un banco de madera delante de su casa y enseguida sacó dos sillas para nosotras; su marido, al darle las gracias por lo mucho que nos ayudaron los palos, nos los regaló. Su bondadosa acogida, su amabilidad, continuaba siendo el hilo donde se ensartar las cuentas del collar del universo.

La montaña, el mensaje de la sutil unidad de todo, continuaban sin romperse en Maruja y su marido. Muy pronto varias amigas y amigos llegaron para congregarse en torno al banco de madera. Estaba claro que aquella era una casa donde se prodigaba amor.

La amabilidad, la bondad, la generosidad, diluyen la separación, y nos acercan a la percepción de la conciencia de que está imbuido todo.

Desde la unidad del alma,

Indrani

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