Cartas de Indrani

Queridos amigos,

Junto al muro que cierra la huerta, plantamos varios groselleros. Así como la mayoría de las plantas enseguida nos alegraron con sus flores, su follaje, su generosidad, los groselleros parecían no querer siquiera prender en este terreno. Durante los tres o cuatro primeros años, estuvimos dudando si llegarían a arraigar. Por fin, una primavera aparecieron tímidamente los primeros brotes, que aquel verano se convirtieron en las primeras hojas. Al año siguiente el proceso se repitió, pero eso fue todo: unas ramitas pardas retorcidas y escuálidas con alguna hoja pequeña.

Pasaba el tiempo y los groselleros apenas crecían. Los frambuesos y el aligustre que tienen a derecha e izquierda iban invadiendo su espacio, y al menos tres de ellos desaparecieron, desplazados por sus vecinos. Confieso que se nos pasó por la cabeza arrancarlos y poner rosales en su lugar.

Era el sexto año. ¡Vaya, los groselleros dieron un estirón y alguna flor! Media docena de estas flores resistieron las heladas primaverales y se convirtieron en algún raro fruto en verano. Al año siguiente todo continuó igual ¿Conservaríamos estos groselleros sarmentosos y casi estériles?

Esta primavera estaba dando un paseo por la huerta, disfrutando de la presencia de los árboles, los arbustos, de la lavanda y la salvia, los imparables frambuesos… de pronto, ¡¿qué plantas son estas?!, ¡¿desde cuándo están aquí?! ¡Los groselleros!  Dos preciosas plantas pobladas de hojas y cargadas de flores se levantaban felices entre el aligustre y los frambuesos.  Ahora, con los brillantes racimos rojos colgando en un uno, con los frutos negros adornando el otro, constituyen dos de los magníficos regalos que la huerta nos ofrece en verano, largamente.

El viernes hablaba con una querida amiga. Después de años de meditación ha descubierto que todavía existen en ella sentimientos indeseables. Creía que los había superado y ahora reaparecen, ¿cómo es posible?, ¿cómo pueden haber quedado enquistados de tal forma? ¿Y el esfuerzo de todos estos años? No se trataba solo del sufrimiento que le producía haberlos encontrado todavía vivos en su interior, el hecho de que estuvieran allí a pesar del trabajo personal intenso, aumentaba terriblemente ese sufrimiento.

El sendero espiritual, o el progreso personal, no es fácil; nos gustaría correr y avanzar rápidamente, pero se camina despacio. A esto se une, tal como me contaba mi querida amiga, un agravante: a medida que avanzas, los errores, grandes o pequeños, se hacen más cuesta arriba y descorazonan, ¿cómo es posible que no me haya movido de este punto? ¿Jamás podré salir de aquí?, ¿jamás daré un paso adelante?

¡Claro que se dan continuos pasos adelante! ¡En algunos aspectos se producen grandes avances inmediatos! Hay otros aspectos, sin embargo, en los que antes de avanzar hay que enraizarse bien, como los groselleros. Pero aunque parezca que no crecemos, incluso que “nunca” creceremos, el cambio va produciéndose a niveles profundos, lentamente. Quizá lleguemos a plantearnos claudicar. ¡No!, hay que seguir adelante, con paciencia; ¡cuánto habríamos perdido si hubiéramos arrancado los groselleros!

Debemos continuar pacientemente, aunque parezca que nos hemos estancado. Llegará una primavera en que la labor profunda y perseverante saldrá a la luz, la planta se llenará de brotes, y las hojas y los frutos serán la dicha de nuestro verano.

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