Cartas de Indrani

Queridos amigos,

En la montaña leonesa se ha llegado a la cúspide de la cosecha. Se han segado los últimos prados, la hierba ya está seca y empacada, y los tractores se cargan con el fruto del año apilado apretadamente. Es el fin del proceso que se inició con las primeras lluvias del otoño, pasó por el cierzo, la nieve y las heladas de un largo invierno, las lluvias y la temperatura suave de la primavera, el sol dorado del verano. La gente que se afana en subir los últimos fardos a las altas columnas de paja, saborea ya el premio a su esfuerzo sostenido.

Nuestra vida sigue también un proceso de crecimiento y maduración –en nuestro caso, un proceso de perfeccionamiento– que finaliza cuando nuestro pequeño ser alcanza el esplendor de nuestro gran ser, y nuestra alma se funde en el Espíritu infinito.

A veces este proceso puede asemejarse a una larga y cruenta lucha en la que nuestra alma se enfrenta a sus enemigos el cuerpo y la mente, con sus respectivas huestes de necesidades y deseos. Como en toda lucha, en esta guerra se sufren tremendas penalidades: padecimientos físicos y mentales, dolores nacidos de nuestra identificación con aquellas necesidades y deseos.

Pero, ¿no has llegado a un momento en que la idea de lucha desaparece? Quizá te haya sucedido que, después de años de esfuerzo, de pronto se desvanece la sensación de separación de cuerpo, mente y espíritu, y te experimentas como un todo. Ya no se trata de que el cuerpo y la mente estén batallando contra ti, sino que cuerpo, mente y espíritu marchan juntos recorriendo el camino de la perfección.

Todas las tensiones se disuelven entonces, dejas de criticarte y juzgarte, y nace el amor hacia ti mismo. En este amor no hay negligencia, ni se cede a ningún tipo de capricho; no es un amor a la debilidad, es la comprensión de que te encuentras en un “proceso” de perfeccionamiento, y la misma idea de llegar a un final se aligera.

Pero, extrañamente, cuando surge este momento de comprensión y amor, la perfección se acerca; deja de verse como una meta lejana y difícil de alcanzar. En ese momento, sabes que reside ya en tu “corazón”, que tu alma la conoce, y que te guiará hacia ella dulcemente y feliz. Y aunque la cosecha no haya llegado todavía a su destino, comienzas a saborear los frutos de lo que, hasta entonces, había sido un arduo y sostenido esfuerzo.

Desde la unidad del alma,

Indrani

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