cartas de indrani

Queridos amigos,

Es una tarde de estío. El calor seco vibra en la vegetación, en la brisa un poco bochornosa, en las voces de los vecinos que llegan hasta aquí apagadas y densas. En una tarde así, el ascenso a nuestra montaña interior puede llegar a percibirse como un camino largo, tremendamente largo y fatigoso.

Una mariposa blanca revolotea grácil hacia los avellanos; antes de llegar, sus livianas alas la llevan jugueteando hacia un ciruelo. El camino espiritual es extraordinariamente corto; es solo la distancia que existe entre el bulbo raquídeo y el ojo espiritual. Porque es la distancia que separa nuestro ego, asentado en nuestro cuerpo físico en el bulbo raquídeo, del alma, que tiene su asiento en el entrecejo.

¿Cuántos centímetros separan el bulbo raquídeo de los lóbulos prefrontales del cerebro? Muy pocos. Pues esa es la pequeña distancia que tenemos que cubrir para llegar a la cima de la montaña sagrada.

Llegar a la cumbre es el proceso de abandonar toda identificación con nuestro papel en este plano material. Paramhansa Yogananda hablaría de abandonar toda identificación con el personaje que nos ha correspondido representar en la película tragicómica de esta vida. Y este es el proceso de llevar cada una de esas identificaciones desde la sede del ego hasta el entrecejo, ofrecerlas allí para su purificación, y transmutarlas en la única realidad de nuestro ser.

“Yo soy pianista”, “yo soy Ángela González”, “yo soy tímido”, “yo soy incapaz de aprender”, “yo soy quien fundó esta empresa”, “yo soy las cualidades de mi mente”… los miles de falsas identificaciones que puede crear el ego, deben recorrer el camino desde su fábrica en la base del cerebro hasta la altura del ojo espiritual. Desde esa altura se contempla la luz del alma, y en esa luz infinita y eterna todas las definiciones impuestas por el ego se disuelven para convertirse en la verdad fundamental: “Yo soy Espíritu”.

Es solo esa pequeña distancia, desde la base del cerebro al entrecejo, la que nos separa de la cumbre de nuestro ser. ¡Esa pequeñísima distancia!

Desde el corto camino al alma,

Indrani

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