Cartas de Indrani

Queridas amigas, queridos amigos,

La densa y dorada luz del otoño se derrite sobre el bosque. Sopla una suave brisa templada y, a su soplo, las hojas de los chopos titilan lanzando destellos.

El fin de semana pasado, Anand Stickney, para explicar la naturaleza de la creación, hablaba de la naturaleza de los sueños. Nuestros sueños están formados por partículas de pensamiento y luz -Yogananda hablaría de pensatrones y vitatrones- al despertar, estas partículas se disgregan, y las imágenes que parecían tan reales en el sueño, se desvanecen: el sueño ha terminado. Quizá en el sueño experimentamos un terrible sufrimiento: quizá soñamos que nos persiguen con ánimo de asesinarnos, o que perdemos en dolorosas condiciones a un ser querido, o que nos encontramos en medio de una catástrofe natural; nuestra angustia, nuestro dolor en el sueño, son auténticos, sufrimos y nos angustiamos, pero al despertar desaparecen instantáneamente y respiramos profundamente aliviados: solo estábamos soñando.

Así es también la creación, formada por partículas de conciencia y luz. Todas las vicisitudes por las que atraviesa nuestra vida, son únicamente imágenes construídas a partir de pensatrones, que se proyectan gracias a la luz en la pantalla de nuestra vida. Cuando despertamos del sueño de la vida, nos damos cuenta con alegría de que habíamos estado soñando esta vida. Al despertar de la vida en la creación material, entramos en un nivel de conciencia más sutil, libres de las limitaciones físicas.

En la tarde de otoño, deleitándome en el titilar de las hojas de los chopos, en sus destellos dorados, comienzo a experimentar su naturaleza de luz. Al concentrarme en ellas, las hojas pierden su consistencia, y son solo luz lanzando sus brillantes rayos. Miro alrededor: los árboles, la vegetación a los lados del camino, la ligera calima dorada, son luz. Qué sensación de ligereza, caminar en un universo de luz; todo pierde peso, gravedad, todo se hace inmaterial. En mi propio cuerpo parecen ir aflojándose las férreas ataduras de los músculos y los huesos, como si pudiera percibir el movimiento libre de las células, y enseguida la sensación de que este cuerpo está formado de pequeños destellos de luz que titilan como las partículas de luz en las hojas de los chopos.

Continúo el paseo tratando de retener la sensación de ingravidez; llego al canalito que lleva agua a las huertas río abajo. Las espadañas y los carrizos reciben la luz que se filtra entre los árboles por encima del canal, y están inmersos en un juego de luz y sombra. Este contraste realza su figura, el largo tallo de las espadañas, la abultada espiga, el lecho más blando del carrizo. Y entonces se percibe la transformación de su imagen de luz en su imagen vegetal.

Esta es la naturaleza de nuestra realidad física, un alma de luz sobre la que las imágenes de la creación, del propio cuerpo, de las experiencias vividas, proyectan algunas sombras. Durante nuestra estancia en el mundo material, estas sombras deben servir para realzar la luz del alma. Y cuando despertemos del sueño de la materia, la luz del alma brillará libre de sombras, en todo su esplendor.

En el universo que es luz,

Indrani

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