Compasión

Queridas amigas, queridos amigos,

Un querido amigo me contó que, cuando era pequeño, un día llegó a su casa sin zapatos; se los había dado a un niño que encontró en la calle y que iba descalzo.

Cuando yo era niña, durante un tiempo asistí a una escuela en la que todavía pegaban a los niños; lo hacían muy raramente, y ahora sospecho que levemente, pero con la mirada infantil, aquello era muy doloroso; no porque me pegaran a mí, nunca me pegaron, sino por el sufrimiento de ver cómo pegaban a otras niñas. No sé por qué razón tengo un recuerdo muy nítido de unos azotes que la maestra estaba dando a una compañera, y de la pena que me despertaban. En mi recuerdo aquella niña era especialmente humilde y callada, quizá ese es el motivo de que aquellos azotes se me quedaran grabados.

Al crecer, las experiencias con la variedad de personas con las que entramos en relación, nos van dando una visión diferente de la vida y las circunstancias de cada uno; y la compasión de la niñez empalidece. Primero entra en juego la razón. Al conocer qué puede haber detrás del mendigo que pide a la puerta de la iglesia, o que llama en tu casa para venderte unos paños de cocina, la razón te dice que su vida no es lo que parece a primera vista, y no hay motivo para compadecerlos. Después intervienen ideas más sutiles, por ejemplo, que todos somos dueños de nuestro destino. Y la compasión se aleja; quizá para dejar paso a sentimientos más fuertes y austeros.

Con la madurez, la vida da una nueva vuelta, y entonces aparece otra compasión. Quizá no sea una compasión espontánea como la que sentimos en la niñez, quizá sea una compasión que tenemos que ganarnos; pero el reto merece la pena. Se trata de compadecer al mendigo que pide a la puerta de la iglesia, precisamente porque conocemos lo que puede haber detrás de su voz rota y de su exagerada expresión de necesidad. Cuando nos aborda, ¿nuestro primer pensamiento se va a la forma en que está destrozando su vida?, entonces querrá intervenir la razón para dejar el corazón frío. Si es así, ese es el momento de reflexionar en lo doloroso de su estado, de su situación mental, emocional, de su falta de voluntad, que le llevan a actuar como lo hace. No se trata de que tengamos que darle una moneda, porque eso, seguramente, solo empeorará un poquito más su vida; se trata de sentir su desamparo.

No sé hasta qué punto puede resultar fácil o no, a cada uno, sentir compasión -o empatía, si se prefiere quitarle el acento triste- por personas extrañas, con las que, después de todo, no tenemos que relacionarnos. Pero, ¿qué sucede con las personas con quienes nos relacionamos? ¿Qué sucede, por ejemplo, con personas cercanas que intentan desprestigiar a sus compañeros o poner a unos amigos contra otros?, ¿o con personas que se alegran de las dificultades de sus conocidos, que escudriñan en la vida de los demás para descubrir sus puntos débiles y atacarles? ¿Qué sucede cuando tenemos que convivir, o compartir parte de nuestro tiempo, con personas que tratan de hacer daño, no a sí mismas, como puede hacerlo el mendigo de la iglesia, sino a los demás? Quizá en esos casos no pensemos en la compasión. Y sin embargo, es cuando resulta más necesaria.

Debemos compadecer a quien se comporta con vileza, primero, porque eso significa que no es feliz, que hay un sufrimiento profundo en su vida. Y, segundo, debemos compadecerle porque su comportamiento está velando la verdad de su alma. Es cierto que cuando nos encontramos ante un comportamiento mezquino, llegar a la compasión supone un esfuerzo; pero debemos hacerlo.

Practica la compasión, también, y sobre todo, por los beneficios que te aporta a ti mismo. Porque si haces ese esfuerzo, si eres capaz de ponerte por encima de la indiferencia hacia otra persona, o por encima del rechazo, te darás cuenta de que has dado un paso hacia tu libertad. Y tu libertad supone también la libertad de los otros.

Desde el alma, cargada de compasión,

Indrani

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