Cartas de Indrani

Este podría ser un cuento, pero, a pesar del título, no lo es, narra un hecho real que le sucedió a un querido amigo. Se lo oí contar a él mismo hace ya tiempo, así que, sin pretenderlo, quizá cambie algún detalle; si varío en algo la historia, será superficialmente, creo que la esencia podré transmitirla intacta. Llamaré a mi amigo Andrés, porque no estoy segura de que quiera aparecer aquí con su nombre.

Bien, Andrés estaba construyendo una casa, su casa. Aunque no es albañil, ni arquitecto, ni tiene ningún oficio relacionado con la construcción, se ocupaba personalmente de todo lo relacionado con la casa, incluyendo gran parte del trabajo físico. Y entre sus cometidos estaba comprendido buscar y adquirir los materiales.

Llegó un momento en que Andrés necesitaba comprar cemento, y se enteró de que había una oferta de cemento, de buena calidad, en unos almacenes de Asturias, a algo más de una hora de viaje de León, donde él construía la casa. Decidió ir hasta allí a comprarlo y traerlo en su propio coche, un coche utilitario. Para ir a Asturias desde León, como ya os comenté en alguna otra carta, hay que atravesar la Cordillera Cantábrica; puede hacerse subiendo, y después bajando, un puerto de montaña, el puerto de Pajares, o siguiendo una autopista, también de “montaña”.

Andrés llegó a los almacenes donde se vendía el cemento, lo compró y lo cargó en el coche. Doce grandes sacos de cemento que llevaron el coche al límite de su resistencia y de la carga permitida por la ley pero aun así, emprendió el regreso. Dado el enorme peso que llevaba, optó por utilizar la autopista, evitando las fuertes pendientes del puerto. Todo iba bien, pero de pronto, a mitad de camino, el coche se paró, ¡se había quedado sin gasolina! Este es un grave inconveniente, sobre todo si los triángulos que debes poner en la carretera, delante y detrás del automóvil, indicando que hay un vehículo detenido en la cuneta, están debajo de doce pesadísimos sacos de cemento.

¿Qué podía hacer? No había elección, tenía que descargar el maletero, “saco a saco”, conseguir los triángulos, y volver a cargar el maletero, “saco a saco”. Para construir una casa con tus propias manos se necesita una gran fuerza de voluntad, así que se dispuso a la tarea. Abrió el maletero, pero al ver los sacos, su voluntad decayó. Por un momento quiso desistir. Pero como Andrés conoce los principios o al menos algunos de ellos que rigen el Universo, levantó los brazos, miró hacia arriba, y dijo: “¡Ayuda!”. En ese momento apareció un coche en la carretera, venía hacia él, ¡era un vehículo encargado del mantenimiento de la autopista! ¡Estaba salvado!

Los encargados de la autopista transmitieron el mensaje de que había un vehículo detenido en la calzada y llevaron a Andrés hasta la gasolinera más próxima.

Ya con la gasolina en la mano, Andrés se disponía a regresar caminando hasta el coche; ¡en ese momento salía de la gasolinera un vehículo encargado del mantenimiento de la autopista, en el mismo sentido que tenía que seguir Andrés! ¡Así que lo transportaron de nuevo hasta su coche cómodamente sentado!

Un universo de cuento, de ángeles, hadas y seres celestiales, vibra junto a nosotros. Una conciencia celestial, que nos escucha y está siempre de nuestra parte, lo impregna todo. Para recibir su ayuda, y bastó con decir: “¡Ayuda!”, debemos saberlo y recordarlo, debemos alimentar el hábito de dirigirnos a ella con frecuencia, casi de dirigirnos a ella constantemente; debemos enviarle constantemente nuestro reconocimiento, nuestro amor. Entonces, sintiendo que formamos parte de ella, ¡participaremos de ella!

¡Os deseo una maravillosa Navidad en la vibración de la Conciencia crística, en la vibración del Alma!

Indrani

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