Cartas de Indrani

Queridas amigas, queridos amigos,

La marea está muy baja; el mar, con su superficie de espejo reflejando el sol, es una brillante extensión en calma. Solo en la playa, al llegar a la orilla, el agua forma una puntilla estrecha, y se retira. Alguien me pregunta: “¿Por qué el mar no termina por llevarse la arena?”. En las playas se producen movimientos de arena, sí, pero el mar trae la arena a la playa, o la arrastra al interior, sin que parezca quedarse con nada; va y viene, y deposita en la playa la arena de las rocas que antes socavó.

Sri Gyanamata, la discípula más avanzada de Paramhansa Yogananda, había preparado en el desván de su casa un pequeño rincón, separado con una cortina, como lugar de meditación. Le gustaba su pequeño rincón, era feliz en él. En una conversación con un amigo y consejero espiritual, inocentemente, le habló de su humilde retiro; para su sorpresa, este le dijo que ella no tenía derecho a considerar ese espacio como suyo, no tenía derecho siquiera a pensar en ese modesto rincón como su rincón. Gyanamata comprendió perfectamente la profundidad de lo que se le estaba diciendo, y lo aceptó.

En un primer momento esta renuncia de Gyanamata puede parecer excesiva ¿Era realmente necesaria? Si la verdadera renuncia es la renuncia al ego, ¿qué sentido tiene la renuncia que se le pidió? Sí, renunciar al ego es la verdadera renuncia, y sin embargo, renunciar a algo material nos da fuerza, no solo para prescindir de necesidades –muchas de ellas innecesarias, en palabras de Paramhansa Yogananda– sino para darnos cuenta de que en realidad nuestra satisfacción no estaba en ellas.

A nivel profundo, renunciar, ya sea a algo material, social o psicológico, nos lleva a renunciar a la idea de que tenemos “derecho” a ciertas comodidades, al reconocimiento, a ser retribuidos por lo que damos a los demás. La renuncia es siempre una renuncia a ciertos privilegios, y en el fondo, es una renuncia al ego.

La renuncia, incluso material, nos prepara también para la renuncia más compleja a los obstáculos mentales o espirituales que impiden expresarse al alma. Si en tu vida se presentan las circunstancias en que debes renunciar a alguna “primogenitura”, hazlo sin temor, te darás cuenta de que hacerlo aplaca el ego y estrecha el contacto con tu verdadero ser.

Disfruta de lo que tienes, de los dones que se te hayan concedido honestamente en esta vida, pero sin apego, y si debes perder algo, pregúntate: «¿Quizá creía que tenía “derecho” a ello? » ¿Quién se forma la idea de que tenemos derecho, por ejemplo, a que se nos devuelva la amabilidad, a que nuestra generosidad sea correspondida, a que se nos recompense por lo que ofrecemos? ¿Es el alma? No, el alma sabe que está completa en sí misma.

Sé como el mar, que se lleva la arena de la playa y la restituye, y permanece siempre el mismo. Actúa siguiendo las indicaciones de tu alma, y no sufras por tus “derechos” mundanos. El alma posee, por derecho de nacimiento, la dicha eterna.

Desde la dicha del alma,

Indrani

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