Cartas de Indarni

Queridas amigas, queridos amigos,

La naturaleza reposa. Todavía quedan restos de nieve en la huerta, y en la cara norte de las colinas su blancura se agarra a las rugosidades de la tierra, pero el frío parece no afectar ya a la naturaleza, que respira tranquila. En una primera impresión, podríamos creer que dormita aún bajo sus vestiduras de invierno, pero cuando miramos el bosque a lo lejos, no es ya pardogrisáceo, un dulce tono cremoso y amarillo reviste su calma. La naturaleza se da un tiempo para respirar antes de romper sus envolturas invernales y disponerse a la renovación.

Hace unos años me uní a un proyecto que estaba ya en marcha en varios países y ponía el pie en España. El proyecto comenzó, casi simultáneamente, en algunos grupos de distintas ciudades españolas y, al principio, se produjo una cierta “rivalidad” entre los diferentes grupos. Me ví envuelta en esta atmósfera un poco tensa, que –como supongo que a todos los demás– me hacía sufrir. Pensaba: «¿Por qué tiene que suceder esto?».«Desearía no participar en ello». «¿Cómo podría superarse?».«Desearía que las relaciones fueran armoniosas».

El sufrimiento continuaba y no sabía qué camino tomar para deshacerlo. Me sentía tironeada a un lado y otro. Y la mente, siguiendo su tendencia natural, daba vueltas a lo que sucedía, y a mi dolor, sin conducirme a nada.

Pasaron muchos meses en esta situación. Afortunadamente conocía la meditación y la practicaba diariamente; había aprendido a dejar fuera el mundo externo y a retirarme dentro de mí misma, a “escuchar” dentro de mí misma. Y así, un día, oí al corazón hablarme. Surgió la intuición, clara y balsámica –como es la intuición– Comprendí que los roces se debían a que éramos muy pocos todavía, y en un ambiente reducido, las pequeñas diferencias se agigantaban. Comprendí que cuando el movimiento se extendiera por España, cuando surgieran más grupos y más personas, el problema que me hacía sufrir se resolvería por sí solo. Únicamente tenía que esperar a que se creara un ambiente más amplio. Un maravilloso alivio vino a sustituir al dolor, que desapareció como si nunca hubiera existido y no me molestó más. Ahora han pasado varios años, la intuición se ha hecho realidad.

De aquella experiencia aprendí algunas lecciones, quizá las más importantes hayan sido la necesidad de esperar con paciencia, y, sobre todo, de aquietar el corazón.

Si tienes que enfrentarte a alguna circunstancia en la que entren en juego tus emociones, detente un momento y calma tu corazón. Quizá te veas en una situación familiar o laboral que te agite; o quizá estés participando en una relación interpersonal que turbe tu paz; piensa un momento en la naturaleza que, antes de comenzar la actividad de la primavera, respira en calma. Respira también tú, lleva la calma a tu corazón antes de tomar cualquier decisión o de emprender una acción que pueda sacarte de esa circunstancia. Date un tiempo para respirar, como la naturaleza. ¡Cuando llegue la calma, sentirás tal ligereza y expansión!

La calma es uno de los atributos del alma, según Yogananda. Cuando las turbulencias del mundo exterior quieran envolverte en su torbellino, no permitas que te arrastren. Cierra un momento los ojos, mira hacia arriba con tu mirada física y hacia dentro con tu mirada interior; haz una inspiración profunda y una profunda espiración; el corazón se ralentizará al instante, entra en él y busca la calma, encuentra la calma. Y la calma elevará tu conciencia a un nivel más sutil de esplendor.

Desde la quietud del alma,

Indrani

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