Escuchar

Queridas amigas, queridos amigos,

En la casa de mis tías en Doade, cerca de Pontevedra, ocupo una habitación con dos balcones. La habitación forma una de las esquinas de la casa, y un balcón mira a la plaza del pueblo, el otro al comienzo de una calle; desde ambos se ve la plaza y la “capilla”, como se refieren allí a la pequeña iglesia.

Es la primera hora de la mañana del 9 de Febrero. El sol todavía no ha roto por completo la oscuridad nocturna, cuando oigo ruidos y golpes secos en la calle. ¿Qué sucede? ¡Oh, no! Enseguida me doy cuenta: hoy es día de feria en Doade. Los feriantes están empezando a preparar sus puestos y ocuparán, precisamente, la plaza y la calle a donde miran los balcones. La perspectiva de un día de silencio, que era uno de los alicientes del fin de semana en Doade, cae por tierra, y el primer pensamiento es: «¡Cómo se me ocurrió venir el día de feria!».

Antes de que comenzaran los golpes me había levantado para meditar, y ahora, destruida la paz, permanecí sentada, escuchando. A los ruidos metálicos se unieron las voces de los vendedores, que se saludaban e intercambiaban algunos comentarios a medida que iban llegando a la aldea. Me dejé llevar un momento por la entonación de las frases, algo apagada a través de los cristales. Y, de pronto, las voces y los choques metálicos en la calle se convirtieron en sonidos amados. Quizá porque los vendedores hablaban en gallego, me llevaron a la niñez, a los amaneceres de verano en el pueblo. En este momento Doade está casi abandonado, pero cuando yo era niña era una aldea llena de vida, especialmente en verano. Entonces, al despertarme, llegaban hasta mi cama el sonido de los carros de vacas y las voces de los vecinos que se saludaban antes de irse a los campos, a la siega. Y ahora, los ruidos que habían destruido la plácida idea de un día de silencio, se transformaron en aquellos sonidos tan queridos para mí, y me colmaron de dicha. Y la feria se transmutó en un regalo.

La feria seguía desenvolviéndose al otro lado de los balcones. Los ruidos, y sobre todo la música de algún puesto, pronto arruinarían la paz, pero a mí ya no me molestaban. ¿Qué había cambiado? Nada había cambiado exteriormente, la clave del cambio estaba en mí misma, y había sido escuchar. Al escuchar, había oído, no tanto lo que sucedía fuera, sino lo que sucedía dentro de mí; la metamorfosis que ocurría dentro de mí.

Trata de escuchar las circunstancias de tu vida. Cuando algún acontecimiento, o alguna situación, quieran turbarte, escucha. Escucha con la apertura de la niñez. En el centro de cada una de las circunstancias de nuestra vida hay un destello de sabiduría. La dicha que experimenté aquella mañana en Doade, al transformarse los ruidos en sonidos amados, no la provocó únicamente el recuerdo de una parte feliz de mi vida; se debió sobre todo a la transmutación interior. Cuando fui capaz de substraerme al primer torbellino de agitación, y escuché, pude ir más allá de la circunstancia externa y sentir hasta qué punto somos dueños de nosotros mismos. Escuchar me proporcionó una vislumbre de comprensión, quizá podría decir de trascendencia. 

En el centro de cada una de las circunstancias de nuestra vida hay un destello de sabiduría y, si penetramos en él, en cada circunstancia hay un centro de gozo.

Desde el gozo del alma,

Indrani

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