Conciencia divina

Queridas amigas, queridos amigos,

El invierno ama estos valles y se resiste a dejarnos. Nosotros decimos que nos gustaría que se despidiera ya, ¡han pasado tantos meses desde que llegó!, pero en el fondo de nuestro corazón también lo amamos, y todavía llamamos, aunque sea susurrando, a la nieve. Sabemos que la nieve es vida para la tierra.

Además, el largo invierno nos enseña a alegrarnos ante cada muestra, por leve que sea, de renovación. Cuando en medio de la mañana cargada de nubes, un instante de sol ilumina los pastizales, su brillante vivísimo verde inunda nuestra alma como si recibiéramos un maravilloso regalo, porque recibimos un maravilloso regalo. Y cuando un carbonero salta amarillo y azul a las ramas del avellano, nuestra gratitud a la naturaleza se desborda.

El resplandor de los pastos y el salto del carbonero encienden una chispa de divinidad y, en mi paseo, me recuerdan practicar la presencia divina.

Atravieso un prado en el que se levantan aquí y allá los pequeños montículos de tierra fabricados por un topo; piso la blanda tierra tratando de sentir la divinidad en mis pies. Una pareja de cigüeñas castañean los picos en su nido, trato de escucharlas sintiendo que la divinidad las oye a través de mis oídos. Miro alrededor, trato de permitir a la divinidad observar el escenario que me rodea mientras camino. De pronto, me sale al paso un sauce que crece en una reguera abandonada. Es tal la fuerza de sus ramas nuevas, su vigor dirigiéndose hacia lo alto, que la sensación de la divinidad corriendo por ellas se impone a mi práctica. No trato ya de ver este sauce como si la divinidad lo mirara a través de mí, su realidad divina está por encima de mi experimento. Y le da un nuevo matiz.

Surge una nueva práctica, sentir la divinidad en nuestro interior. No solo sentir que actúa a través de nosotros, sino que está dentro de nosotros, que colma nuestro ser.

Quizá la mejor forma de iniciar esta práctica sea hacerla en momentos de reposo. Cuando puedas sentarte en silencio con los ojos cerrados, o antes de levantarte o entrar en el sueño, con el cuerpo completamente relajado, percibe el espacio interior. La envoltura externa de tu cuerpo no reviste huesos ni músculos, sino espacio. Tu mente está también en profunda calma y es espacio. Pero no hay vacío, tu ser no es un vacío, la Conciencia cósmica llena el espacio interior. Concéntrate en percibir esa conciencia. Sin que ningún pensamiento o sensación física te distraiga, siente cómo la conciencia ocupa el espacio. En tu interior reside únicamente conciencia.

Ahora, si existe en tu vida alguna preocupación que se lleve tu felicidad, o estás pasando por una situación penosa o que te produzca dolor, traéla por un momento a ti, e inmediatamente regresa a la conciencia. Observa esa situación desde la conciencia; te darás cuenta de que, al tratar de hacerlo, se desvanece. Donde reside la conciencia no puede haber pesar, porque el pesar no forma parte de ella; el pesar es solo una ilusión, es solo —como dijo Einstein cuando le preguntaron acerca de la oscuridad— ausencia de dicha. Vive en la Dicha de la conciencia que colma en tu ser.

Desde la conciencia del alma,

Indrani

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