vastedad

Queridas amigas, queridos amigos,

Al borde del camino que sube y baja a Xirazga, durante los primeros metros, discurre una corriente de agua; el agua purísima de un manantial. Algunos ranúnculos intensamente brillantes y algunas delicadas violetas me salen al paso en el reguero, y me comunican que la primavera viene a nuestro encuentro. Una onda cálida baña el corazón y lo reconforta. Continúo subiendo, un poco más arriba, las flores de amarillo denso de los tojos lo anuncian de nuevo. Aunque las carballeiras continúen desnudas, la primavera avanza.

Desde la parte alta del camino, al levantar la vista, las formaciones plumosas de los robles se han tupido; las yemas engrosan. La primavera está a punto de hacer su entrada triunfal. Y al levantar la vista, enseguida regresa el distanciamiento.

Miro hacia las robledas por encima de los prados y, de inmediato, mi ser se concentra, como si fuera absorbido en sí mismo, y el mundo externo se aleja. Cierro los ojos, de pronto la sensación de estar en un centro de fuerza que expulsa de sí todo lo extraño.

Quizá la imagen que podría explicarlo es la de estar en el centro de una galaxia. El mundo exterior, con todas sus circunstancias, orbita, como los cuerpos estelares, alrededor. Gira cada vez más distante, sus órbitas se alejan progresivamente del centro, y al alejarse, su influencia sobre el centro va disminuyendo. La concentración aumenta, el campo de fuerza interior aumenta; en progresión directa, lo externo, con su capacidad para influir en el rumbo de la galaxia, pierde poder. Llega un momento en que las órbitas de ese mundo giran a tal distancia del centro, que su campo magnético ya no te afecta. Lo observas girando en el vasto espacio, tan distante —física, mental, emocionalmente— que la vastedad se convierte en expansión del ser. Nada te afecta.

Quizá conozcáis la serie de documentales “Cosmos”, de Carl Sagan. Sus imágenes del universo, el vasto universo, despertaban la sensación de libertad. Proporcionaban una vislumbre de ilimitación. Y te permitían saborearla. Recuerdo el “sabor de boca” a grandeza que te quedaba al terminar cada capítulo. Al igual que leyendo a Spinoza, podías tocar “casi” la grandeza. Pero, cómo acceder a ella, a esa grandeza que estaba “fuera” de ti. Y ¿cómo pensar que no estaba fuera?

Pero no está “fuera”. El centro desde el que observar la ilimitación está en tu columna. Es el centro desde el que experimentar la vastedad ilimitada y la absoluta concentración.

Desde la vastedad y concentración del alma,

Indrani

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