smriti

Queridas amigas, queridos amigos,

Durante su niñez, mi padre pasaba las vacaciones de verano en Posmarcos, en las Rías Bajas gallegas. Para nosotros, sus hijos, oír hablar a nuestro padre de Posmarcos era imaginar el Paraíso; eso significaba Posmarcos para él. Sus recuerdos de la casa donde veraneaba, con una gran huerta de frutales —los limones se cogían desde la ventana y por el riachuelo que la atravesaba bogaban las uvas—; sus recuerdos de la ría que se atravesaba en barca; los juegos a la sombra del emparrado… todo en aquel lugar estaba cargado de dicha.

Visité en dos ocasiones Posmarcos y, lógicamente, no encontré el paraíso que describía mi padre. Es una zona llena de encanto, sí, pero para mí no podía ser su paraíso, porque en mí no están las sensaciones y los sentimientos que con que la percibía él. Estudiaba en Santiago de Compostela, así que sus inviernos eran inviernos de lluvia, disciplina, rigidez escolástica; y frente a todo esto, los veranos en Posmarcos traían libertad, abundancia, luz, el espacio abierto del mar.

El fin de semana pasado estuve en Doade y me di cuenta de que, en cierto sentido, Doade es mi Posmarcos. En especial hay un momento de mi adolescencia-juventud, justo en el paso de una a otra, en que Doade fue para mí el paradigma de la dicha. En aquella época pasaba dos pequeños períodos del año allí, pero eran dos períodos en que entraba en un estado condensado de pureza y sentimientos nobles. Dedicaba las horas a leer en un banco de piedra delante de la casa; jugar con un grupo de niños pequeños, 3 hermanos para quienes yo era su camarada-maestra-madre; por la tarde un baño en el río de agua helada y cristalina, sobre la que se deslizaban libélulas azules; después de cenar contemplar el cielo profundamente negro cuajado de estrellas, surcado por la Vía Láctea…

Como veis, mi programa no tenía nada de excitante, y sin embargo es para mí un referente de la felicidad más límpida.

Durante el último fin de semana, y durante mis estancias del último año en Doade, la carga de nobleza de aquellos días vuelve a mí totalmente viva. Estoy inmersa de nuevo en su atmósfera pura. Es un sentimiento tan dulce y liberador, que al regresar a casa este domingo, decidí continuar viviendo todo el tiempo posible en su atmósfera. Lo hice así, y la semana ha transcurrido como si estuviera envuelta en un halo de bellísima ligereza.

La experiencia me ha hecho pensar en cultivar la dicha conscientemente. Si traemos a nosotros los sentimientos que brotan en los momentos de felicidad, podemos recrear esos sentimientos. Se trata de vivir deliberadamente en ellos; no en el pasado feliz, sino en las cualidades del alma que se expresan en esos momentos. Mi padre, al hablarnos de Posmarcos, entraba en el Paraíso; probablemente entraba en él en otras muchas ocasiones, a través del recuerdo. Para mí Doade es el lazo que trae prendidas las cualidades que hicieron preciosos los días de la primera juventud. Podemos, entonces, utilizar el recuerdo como la caña con que atraer a nosotros las ramas cargadas de frutos de cualidades del alma. Y una vez que, gracias al recuerdo, hayamos accedido a esas cualidades, se trata de “destilarlas” y embriagarnos de ellas.

Como sabéis, Patanjali dice que el despertar a la Conciencia cósmica es un proceso de “recuerdo”, smriti;tenemos que “recordar” quiénes somos realmente. Es solo un proceso de recuerdo, porque ya somos eso, ya formamos parte de la Conciencia cósmica.

Recordemos los momentos en que hemos estado más cerca de nuestra verdadera naturaleza y vivamos en ella deliberadamente, cultivando deliberadamente las cualidades del alma que los acompañaron.

Desde el recuerdo del alma,

Indrani

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