Cartas de Indrani

Queridas amigas, queridos amigos,

Amanecen nubes rosas, un magnífico cielo de olas rosas que se forman en el Este. Desde la ventana, las veo avanzar con la luz sobre los chopos y, al iluminarse el paisaje, un jirón de niebla, apenas material, se eleva hacia ellas entre los arbustos de los setos. Enseguida las olas rosas se transforman en rizos naranjas; la niebla se hace todavía más evanescente. Cuando al terminar la meditación, vuelvo a la ventana, la delicadeza de la materia y los colores del amanecer se ha disipado. Un radiante brillo verde lo cubre todo bajo un esplendoroso azul.

¿Te has detenido alguna vez a observar la “materia” de lo que perturba tu corazón? Es una sustancia ingrávida que penetra en él como la neblina entre los setos, y vela su paz. Si te fijas bien, te darás cuenta de que no tiene peso, la causa de tu perturbación presenta más bien el aspecto de algo evanescente.

¿Algo sin peso puede llegar a ser devastador? ¡No, cómo podría serlo! Si observas esa “materia”, comprobarás que no tiene fuerza para devastar. ¿Qué es entonces lo que produce la devastación? Es tu reacción ante esa ingrávida materia, esa leve neblina. Si sigues el proceso “hacia atrás”, hacia su origen, encontrarás el elemento que tiñe la neblina de dolor: el ego, el sentimiento de que la circunstancia —sea la que sea— está envolviéndote a ti.

Pero examina un momento la circunstancia causante del dolor. ¿Tiene valor absoluto? ¿Quizá para otra persona esa misma circunstancia se interpreta de forma totalmente distinta a como lo haces tú? Entonces, si es así, no se trata de algo “real”, no existe tal como tú la recibes. Es el ego quien, al hacer hincapié en ti, al referirla a ti, le confiere la cualidad del peso, de la que carece por sí misma.

Retrocede un poco más, el proceso se originó en el momento en que “captaste” esa circunstancia, es decir, cuando llegó a tu mente. Obsérvala allí. En la mente era simplemente una percepción, podemos llamarla una “escena”. Sobre ella comenzó a ensañarse el ego, y la volcó como dolor en el corazón.

Detente en el momento en que comienza el proceso, en la etapa mental. Ningún tinte de pesar marca la experiencia como dolorosa. Es solo algo que sucede, sencillamente, no algo que te sucede a ti, ni tampoco algo que vela tu corazón.

Desde la ventana de tu mente, disfruta entonces contemplando la neblina de tu dolor desvanecerse, dejando en tu corazón una resplandeciente luz.

Desde la ventana del alma,

Indrani

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