Cartas de Indrani

Queridas amigas, queridos amigos,

En el camino que sube —antes de bajar— hacia Xirazga, la lluvia de la noche pasada ha abrillantado, una a una, las hojas de todas las hierbas, los árboles, los helechos… sobre las poas ha depositado un manojo de collares de gotitas de agua, tan bellos, que me obligan a agacharme para disfrutar de su delicada armonía. En la antesala del bosque, el prado donde, también hoy, pasta un rebaño de vacas, resplandece purificado, y parece elevarse un poco por encima del suelo.

Me he encaramado al lindero del prado para contemplar el panorama de los pastos, el bosque y las colinas que los cierran. Los lentos movimientos de las vacas acrecientan la quietud del paisaje. Pero de pronto la quietud se rompe. Sin saberse qué motivo la impulsa, una vaca se acerca caminando a otra y la empuja repetidamente, se cornean un momento. Y un poco más lejos otra vaca, también sin saberse por qué, cabecea a una compañera que pasta… Regreso al camino.

Recientemente leí una anécdota sobre la vida de Buda que me sorprendió y me hizo reír. Buda tenía tales encontronazos con los monjes del monasterio donde residía, que un día decidió abandonar el monasterio sin decir nada a nadie, y se instaló en otro monasterio.

Sta. Teresa de Jesús fue nombrada abadesa del monasterio de La Encarnación con la fuerte oposición de las monjas. Al llegar el momento en que debía tomar posesión de su cargo, las monjas se amotinaron y entraron en la sala capitular dispuestas a echar abajo a la santa. No pudieron hacerlo porque ella había colocado una imagen de San José en el sillón de la abadesa, junto con las llaves del convento, y cuando las monjas la rodearon, les hizo saber que, a partir de ese instante, San José estaba al mando del monasterio. Es fácil imaginar el estupor de las monjas, desarmadas por la clarividencia de Santa Teresa.

En un mundo dual, la oposición tiene que ser uno de los elementos constituyentes. Si existe dualidad en todas las manifestaciones de la naturaleza, tiene que haberla también en los ideales de las personas, y en la interpretación de esos ideales.

Sin duda los monjes seguidores de Buda anhelaban el “estado de buda”; aun así, se oponían denodadamente a quien trataba de hacerles alcanzar tal estado. Imagino a Buda dejando el monasterio, moviendo la cabeza de un lado a otro pensando: “¡Ahí os quedáis!”.

Estas historias de Buda y Santa Teresa, me llevan a la gran enseñanza de la aceptación; en este caso, aceptación del antagonismo como una ley de la manifestación física, en el plano material.

Comprende, acepta, que hagas lo que hagas, habrá personas que se te opondrán. No puede ser de otra forma en este nivel de existencia. Así que el aceptarlo te tranquilizará y pondrá fin a los sinsabores que la oposición pudiera causarte. Y aunque no puedas evitar que exista oposición, lo que sí puedes hacer es colocarte, como Santa Teresa, en una situación en que el antagonismo no te alcance. Ella nos mostró cómo conseguir tal proeza. En todo cuanto hagas, cede el puesto del ego a la Conciencia cósmica. Para Santa Teresa, San José representaba tal conciencia, tú pon en su lugar la forma que la Conciencia adopte para ti.

Si permites que sea la Conciencia quien actúe, te verás libre de cualquier reacción que tus actos puedan suscitar.

Deja que el antagonismo se desenvuelva a tu alrededor —es una ley natural—, pero no te involucres en él.

Desde el alma libre de antagonismos,

Indrani

 «Cartas desde el camino. Pasos de una discípula de Yogananda» de Indrani Cerdeira