Cartas de Indrani

Queridas amigas, queridos amigos,

Noche de verano. La ventana está abierta y una cálida brisa recorre la estancia. La vida nos acaricia en este dulce calor fresco. Nos acaricia también en los aromas de los campos y los jardines que la brisa envuelve al pasar, y nos regala. La sensación es de bondad; bondad del aire, de la tierra, de la vida.

El verano trae estos momentos en que la bondad de la Naturaleza se derrama sobre nosotros. Y, acompañándola, se derrama sobre nosotros la bondad de los seres humanos. Por ejemplo, propicia sentarse con las amigas, con los amigos, al aire libre, y abrir el corazón.

Tarde de verano; es el atardecer. Estoy así sentada, junto a una querida amiga, en un jardín. Sobre nosotras penden las ramas de un manzano cargado de fruta. Las manzanas engrosando nos llenan de calma, quizá porque sentimos la abundancia acercándose con paso tranquilo, seguro. El olor de un macizo de lavanda nos hace respirar profundamente de vez en cuando, y sonreír. La bondad se extiende sobre la tarde.

Nuestra conversación no es “trascendental”, no hablamos de importantes temas trascendentes. Mi amiga me cuenta, sin pretensiones, episodios de su vida. Habla de sus próximas vacaciones. Y aun así, en medio de la conversación, surge el milagro.

En la preparación de sus vacaciones, mi amiga llamó por teléfono a un hotel donde estaba pensando hospedarse. Hizo a la persona que la atendió algunas preguntas sobre las playas de los alrededores, cómo ir, los servicios del hotel, las habitaciones… Después de un ratito hablando, la empleada del hotel, sin que ella pidiera nada, le regaló una habitación con vistas al mar, al precio de una habitación que miraba hacia una explanada arenosa. ¿Por qué? Mi amiga estaba sorprendida: «¿Puedes creerlo?».

Sí, puedo creerlo, porque mi amiga desprende bondad. Comprendo que fue su aura de bondad la que, incluso a través del teléfono, movió a la recepcionista a hacerle un regalo.  Quizá pueda parecer que no es un “gran” regalo, que no es un “gran” milagro; pero lo es, porque ese pequeño gesto es cuanto la recepcionista podía ofrecerle.

Mientras charlamos, comienza a caer la noche; de nuevo, la bondad de una noche de verano. La bondad de una noche de verano, del atardecer, de mi amiga en una tarde-noche de verano, nutren mi alma. La bondad, es un alimento para el alma. Para el alma de quien la recibe, pero sobre todo para el alma de quien la da. Se extiende como la brisa y los aromas de verano desde su alma, y pasa sobre nosotros acariciándonos.

Practiquemos la bondad, que como la cálida fresca y aromada brisa de una noche de verano, es un bálsamo para el corazón y un nutritivo alimento para el alma.

Desde el verano del alma,

Indrani

«Cartas desde el camino. Pasos de una discípula de Yogananda» de Indrani Cerdeira